jueves, 30 de marzo de 2017

Noche de juerga bohemia por el Santiago de los sesenta.




¿Qué se hicieron los pibes de la calle Corrientes? Anda a saber. En todo caso, lo de Arturo A. Muñoz es un tango... Un tango te digo, pero 'achende' los Andes, ¿viste?, en el desaparecido Santiago de Nueva Extremadura.

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Noche de juerga bohemia por el Santiago de los sesenta


Esta nota debió titularse “Lo que la dictadura se llevó”, pero dado que fue tanto lo que esa desgraciada administración de facto se llevó, preferí utilizar el encabezado que ustedes ya leyeron

Escribe Arturo Alejandro Muñoz.


Soy consciente que la imperturbable Muerte, tarde o pronto, llegará a mi vera dispuesta a extenderme una invitación a la que nadie, nunca, ha podido negarse. Por ello, antes de que tal evento ocurra, me ha parecido oportuno referirme a este asunto que de tarde en tarde regresa a mi mente provocándome nostalgias que, en honor a la verdad, sólo sirven para lavar el alma.

Inicio estas líneas reconociendo que el Santiago de mi juventud era algo provinciano y muy poco –o nada– cosmopolita. Sin embargo, y esto es en serio, sus noches eran definitivamente espectaculares, en especial los fines de semana cuando se desataba la vida bohemia… pero aquella bohemia de verdad, con mayúscula. Hoy, y esto lo digo con humildad, lo que existe es “carrete”, pero no ‘bohemia’. Para que esta se tome nuevamente la noche santiaguina se requiere, como condición primera, estructurar una base cultural de la que se desglosen los talentos artísticos y políticos que dan cuerpo a la bohemia. Eso ya no existe, feneció.
Sin cultura y sin arte, no hay bohemia. Sólo queda el ‘carrete’, ergo, la búsqueda desenfrenada del goce sin fin, de la ansiedad orgásmica por el simple motivo de poder ser ella misma. En el presente, se procura la persecución de la alegría para adormecer la menguada realidad, mas no para completar la realidad de un grato presente y un esperanzador futuro. He ahí la diferencia entre ambas concepciones de divertimento nocturno de fin de semana que es dable señalar entre el Santiago actual y el de ayer.
 Ya, pero, ¿cómo se divertían los jóvenes del Santiago de esos años de la década del sesenta? Sólo puedo responder la pregunta a través de mi experiencia personal, por lo tanto, afirmarse en los estribos amigo mío porque vamos a galopar. Aclaremos en primer lugar que el suscrito era un humilde estudiante universitario, hijo de madre profesora y de padre pequeño comerciante.
Aún así, me las ingeniaba para contar siempre con algo de ‘efectivo’ para costear no sólo libros y copias a roneo (imprescindibles en la ‘U’ ya en esa época) sino, también, algunas salidas de madre los fines de semana junto a mi grupo de pares del barrio donde estaba el inolvidable domicilio familiar (Argomedo, esquina de Vicuña Mackenna, en Santiago centro, a dos cuadras de Diez de Julio y/o de Irarrázaval). Sí, ya lo sé… también a 150 metros de la pecaminosa calle San Camilo… cuando esta era en realidad ‘pecaminosa’, pues hoy se ha convertido, como ocurre con todo en Chile, en un sector de edificios de altura y departamentos de 50 metros cuadrados.
En esos años era un buen barrio, sin duda alguna. Allí comenzaba la acción al atardecer de un día sábado. La ‘juntata’ se efectuaba impajaritablemente en mi casa (Argomedo Nº50, hoy, domicilio de Greenpeace). Café, cigarrillos, anécdotas, recuento de lo hecho en la semana, bromas (pesadas y de las otras) y… a la calle. Primer paradero, el restaurante “Munich”, en Vicuña Mackenna esquina de Santa Isabel, donde doña María Carreño, la ‘Mamma” de todos nosotros. Todo un rito. Lomitos completos (los mejores del ‘mundo mundial’) con palta, tomate y mayo, una ‘garza’ de espumante cerveza, bajar la cabeza y aceptar las reconvenciones de doña María (que tanto nos quiso, que tanto hemos querido siempre), y después, caída ya la noche… a la aventura, mierda.

23:00 horas; Bim-Bam-Bum o ‘Picaresque’ (dependía del dinero disponible…). Allí nos esperaban Guillermo Bruce, Daniel Vilches, Pitica Ubilla, Paco Mairena (inigualable artista de la coreografía), Beatriz Alegret, Fresia Soto, Elisa Montes, Los Caporales, y uno que otro `’artista’ argentino o argentina de campanillas. Nuestro interés estaba siempre centrado en los “cuerpos de baile”, unas chicas espléndidamente emplumadas y a medio vestir que dejaban semi incendiadas nuestras libidos.
01:00 de la madrugada; la cita era en el inicio de Diez de Julio, en Boîte “La Sirena”, donde nos esperaba, también impajaritablemente, el mismísimo ‘padrino’ Aravena (por solicitud del hijo de doña María Carreño, Nibaldo, asiduo perenne a esa boite y gran amigo del ‘padrino’ en cuestión, amén de ser parte activa y principal de nuestro grupo ‘universitario’). Para nosotros –que éramos algo así como “los chicos del barrio”– hubo siempre dos mesas dispuestas en primera fila, pisco ‘Huallilén’ con cuatro bebidas ‘blancas’, maní salado y papitas fritas. Pagábamos, por supuesto (nada era gratis).
Brenda y los Harmonics, nuestro compadre y sociate Marco Aurelio, la bella Bambi, y el inolvidable futbolista argentino ‘Mandrake’, así se le conocía al colocolino Walter Jiménez, quien junto al inigualable Humberto ‘Chita’ Cruz, formaba parte del escenario de algunos fines de semana santiaguino en esa querida boîte.
¿Me estoy yendo de lengua? No… han pasado muchas décadas y para ustedes todo esto es simple anécdota… para mi es nostalgia y emoción. Mi primo Elías enamoró –me acuerdo como si hubiese ocurrido ayer– a la bella seudo cantante brasileña “A Pantera”… y una noche de sábado, desapareció del grupo, después supimos que él y la cantante siguieron la juerga en otros lugares cercanos, como “Las Cachás Grandes” y el “Tequila”, para terminar durmiendo en el famoso Hotel ‘Valdivia” (¿quién pagó?, no importa). A callar, hermano,… a callar.
02:30 de la madrugada: adiós al “Sirena”, Bienvenido “Zepellin”, en calle Bandera casi al llegar a Mapocho. Barrio bravo. Tanto o más ‘peludo’ que el nuestro, el de Diez de Julio. “Llegaron los chiquillos del Pedagógico”... era el habitual grito de ’Marito’, encargado de la puerta que avisaba informando la ‘calidad’ de los recién llegados. En el ‘Zepellin’ había un viejo piano, trasto casi inservible desde la perspectiva musical académica, pero muy útil a para los juerguistas de las madrugadas dominicales como nosotros.
Tonko Tomicic (papá de la hoy afamada modelo y presentadora de televisión), miembro emérito de nuestro lote juvenil e irresponsable de solteros sin compromisos, puñeteaba las teclas blancas y negras animándonos a engalanar la jarana con canciones de la época. Más pisco, más maní salado, más papas fritas… más pisco…

04:00 de la madrugada; Vivaceta o San Camilo, es decir, la Carlina o el Chico Lucho. Mejor dicho, el ‘Blue Ballet’ o ‘Las Gaviotas del Sur’… aunque debería reconocer, en mi caso, que se trataba de la Betty o la Normita, y fuese cual fuese la ganadora de mi preferencia, la cuestión es que a las seis o siete de la mañana, junto a mis amigos, debía encontrarme en el Mercado Central, en el pequeño local del Tato, el ’Pepa de Ají’, donde recuperaríamos la noche gracias a un caldillo de congrio portentoso, o una paila marina de esas que despiertan cadáveres y levantan muertos. Pero, antes…
05:30 de la madrugada: todos, sin excepción (nosotros, los de Vicuña Mackenna, y cualquiera de los otros), acudíamos ipso facto al restaurante “Il Bosco”, en la Alameda. Periodistas, escritores (famosos y decepcionados), artistas (buenos, mediocres y fracasados), deportistas (de todo tipo) y pelafustanes como quien escribe estas líneas, se reunían en ese sitio poco antes que el sol despuntara sobre los Andes. Allí se concentraba cada madrugada de domingo la poesía cantada por Serrat en su “Gloria a Dios en las alturas”… increíble, pero cierto.
Julito Martínez, Tito Mundt (ya fallecidos), Pepe Henríquez (Radio del Pacífico), guatón Ravani, Fernando Alarcón, Pepe Moscoso (QEPD), Pedrito Lemebel, Glorita Jiménez (QEPD), Alfredo Lamadrid, Elías Pizarro, Marco Aurelio, Buddy Richard, Karl Martin, ‘Pollo’ Fuentes, Pitica Ubilla, Mónica Val, Silvia Piñeiro, Jorge Gallardo, Bambi, Sussy Vecky, Eugenio Lira Massi, Daniel Galleguillos, Raúl Prado, Augusto ‘Perro’ Olivares, Óscar ‘Chaflán’ Valdés (mi muy ‘porteño’ periodista hermanito del alma), Osvaldo Ramírez, y los fantasmagóricos Dago y Paulo (del desaparecido y olvidado GAP ).
¡Cómo no recordarlos si en algún momento formé parte de ese grupo! Los mantengo a todos en mi mente y en mi corazón de hombre viejo, pero agradecido de sus enseñanzas y ejemplos.
Después de una enjundiosa noche de jarana, regresábamos a nuestros hogares cuando el sol despuntaba, y soy muy honesto al decir que en nuestras casas, al llegar de madrugada luego de la juerga nocturna, dejábamos caer los cuerpos bajo la ducha, afeitábamos la barba, freíamos un par de huevos en la paila de nuestra cocina, los devorábamos acompañados de un tazón de café caliente para que luego, de inmediato casi, y cuando los relojes marcaban las nueve de la mañana, volviésemos a juntarnos en la esquina de Vicuña Mackenna con Almirante Riveros. Para tomar una micro que nos llevase a la Nataniel Cox a objeto de presenciar una nueva fecha del Campeonato Nacional De Basquetbol, donde brillaban con luces propias los equipos de Unión Española, Universidad Católica, Colo-Colo y el temible Bata, de Peñaflor.
Regresábamos a casa a la hora más temprana posible del almuerzo para tragar un plato a las apuradas, para estar, de nuevo, en la esquina de siempre, listos y dispuestos con el mejor de los ánimos que nos permitiese abordar una locomoción que nos condujera al Estadio Nacional para estar presentes en una nueva jornada del fútbol profesional chileno: Colo-Colo, la ‘U’, Unión Española, Católica, Wanderers, Everton, nuestros equipos del alma.
A las seis de la tarde de ese domingo, cansados, somnolientos y semi aturdidos, volvíamos al hogar para dejarnos caer en una cama, reposar y dormir hasta la madrugada del lunes, despertando listos y frescos, sonrientes y activos, dispuestos a iniciar una nueva semana de estudios y trabajo, aunque con la mente aún puesta en lo que podría depararnos el próximo fin de semana.
Ese era el Santiago de Chile, libre y democrático, que se fue “a las pailas” un día once de septiembre en el año 1973. Hoy ya no hay bohemia, sólo hay ’carrete’. Juzgue usted qué es peor… o mejor.
Post scriptum: obviamente mis amigos porteños (Iquique, Coquimbo, Valparaíso, San Antonio, Talcahuano, San Pedro y Punta Arenas) tendrán también mucho que aportar a este respecto… pero eso de ellos depende, no de mí, ya que nunca estuve en juergas por esos rumbos, ¿no es así, compañeros de algunas de las famosa ‘capillas’ de los sindicatos de CAP Huachipato, o según pueda recordar convenientemente mi querido amigo y hermano Óscar Valdés, jefe de prensa de Radio Festival de Viña del Mar?
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Fotografías: 1) Entrada del Teatro Opera, donde funcionaba el Bim Bam Bum. 2) Calle Huérfanos, Teatro Rex, al lado del Bim Bam Bum. 3) Revista del BBB. 4) Burdel, foto de la web Daniel Orellana.  1px

3 comentarios:

Julia TLM. dijo...

Qué bien,compañero qué lástima, lo pasabas " malito".

El Trinchador Jefe dijo...

Un trabajo acucioso y bien estructurado; felicitaciones!!

Poco se ha refleccionado acerca del diferencia entre una sana bohemia y el destructivo llamado hoy "carrete". Desde un punto de vista positivo, creo que aquel tiempo pasado fue mejor, no cabe duda.

Por lo menos volvíamos todos vivos, salvo escasas excepciones.
E.M.A.

Carlos Roberto Fernandois Olivares dijo...

Que buen recuerdo de esos años, en que la bohemia estaba conformada por periodistas, hombres de teatro, artístas en general, y gente de la cultura. El salir a celebrar, era comer en un local ya preestablecido y ya como una "picada" de estos comensales, pasar una noche agradable con amigos y la tertulia correspondiente, todo esto después de las funciones de teatro, o revistas en el BBB o Picareque, tal cual cuenta Arturo Muñoz, gracias por este artículo. ¡¡ Excelente!!,cf